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Gotera

Galopante entre puertas y salones, debajo de la luz de los ventanales se disipaba mi alma, como una sombra a las seis de la tarde, de una tarde de invierno.

El mero permanecer allí, hacía que se disolviera la soledad de tardes sin lectura, jornadas sin escribir nada con escrúpulos, como un Ícaro cayendo en el mar epónimo, como un anacrónico y desvencijado adiós de puerto en una banca mientras leo las líneas cromáticas de un Monette, que dialoga con sus propias sombras.

Entre olor a nardos y gardenias, se mezcla un olor a café que se niega a dejar de ser café en el fondo de mi taza, mientras intento leerme a mi mismo, y encojo mis hombros rememorando aquella noche a cuatro grados bajo cero de infinitas congojas tratando de ser sepultadas entre letras y viejos libros para no soltar hipos de vacío.

Afuera la ciudad, besada por una lluvia helada de agua nieve que renuncia a su vocación de nieve, prefiere quedarse así helada, inmisericorde como un catafalco destemplado, mudo y sin sentimientos, rodeado de deudos llorosos vigilados por un gato que desde la ventana de enfrente no entiende nuestras ceremonias primitivas fingiendo civilidad.

No importa si se llora de noche o una tarde de jueves. Si tienes goteras en el alma, o en la conciencia. No hay problema si metes tu mano al bolsillo y sacas una pena de antaño que no entiendes, y la desenvuelves esperando que el aire se la lleve, pero solo consigues que vuele en torno a ti, como mariposas de múltiples colores.

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Los sombreros viajan.

óleo sobre lienzo "el tejedor" derechos reservados a su autor.


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Los sombreros guardan almas. Es posible decir: "ése sombrer…

Mal vendiò su libertad

Ella amaba los vientos, volar por encima de la montaña,
planear por los valles.
pero el colectivo de la media, sin aspiraciones superiores màs allà que reproducirse
como palomas, con miedo hasta de volar sin parvadas, se encargó de que mal entendiera
su libertad. No la soportaban volando sola por los cielos. La querìan enjaulada y sometida.
Y decidieron hacerle creer que estaba sola, que tenìa que tener crìas y someterse a ellas.

Ella solo querìa amar a los vientos con suma libertad.

Y terminò por mal vender su soledad por un plato de algo que le hicieron creer que era cariño;
y que no era màs que desperdicios, una pantomima fútil; una copia mala y aberrante del màs
alto de los sentimientos humanos... y no esa idealizaciòn televisiva que el colectivo impone como modelo de amor aceptado por los viejos de la tribu.

Hoy ya no vuela. De hecho, odia los vientos.

Lograron su cometido. Ahora ya no sabe volar.