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desolado

Encumbrado en pensamientos anudados uno tras de otro, como elefantes en manada cruzando el rìo, pasa la jornada buscando terminar con el problema sin que èsto afecte a nadie.

Revisa, rebusca; remarca, vuelve a marcar. Se para, se sienta. Golpea al viento con alaridos de desarmonìa desesperanzado, suplica a los cielos; se hinca a los ìconos, prende veladoras, reza novenas a los santos màs milagrosos. Pero nadie parece escucharle.

Afuera sus exigencias lo esperan enpequeñecidos en un telèfono. Tintineantes uno tras de otro al mismo tiempo dos, o tres, vuelve uno, se va otro. Todos sobre lo mismo buscando la bitàcora cronològica de los hechos postergados en el divàn.

Termina desolado el dìa. Se duerme a medias, despierta entre sueños con pendientes de hace dos semanas, se filtra la luna por las cortinas, se pelea con ella y la maldice; se da la media vuelta en la cama, se abraza a la almohada, esconde su mirada en la penumbra de la estancia para no ver que pronto terminarà la noche que para él dura solo veinte minutos. 

Llega el amanecer, imprudente y agolpándose en las paredes. Él agotado, marchito de ansiedad; loco de escucharse repetidas veces en rosarios de pensamientos repetitivos, con màs ganas de quedarse dormido para siempre que tener que levantarse a lidiar de nuevo con él mismo, con ese drama que solo se acarrea, y que le dicen que fue porque nunca lo abrazò su padre, o porque su madre tenía miedo de dejarlo volar como èl soñaba ¡Pamplinas! Ni dios sabe cómo sacarle de ahí.

Se niega a ver el dìa, y rehuye a la luz que se asoma imprudente por las ventanas, prefiere taparse los ojos con una manta negra que tiene al lado, no quiere ver que comienza el dia porque es volver de nuevo a escucharse, a repetirse, a cansarse de si mismo. Es volver a lidiar con recuerdos que no tienen por què, ni para què. Es volver a querer encajar y no poder, añorar el desayuno de mamà, los olores del terruño, el calor de la propia casa materna cuando no sabes que las cuentas cuestan, que las facturas se pagan y que las pòlizas vencen, que los chequen rebotan y que la paga estuvo lenta y no hay para completar la mesada de lo pendiente.

No odia levantarse, odia las circunstancias que lo hacen sentirse asì en su vida. Se para con un miedo que quiere apagar con un trago, pero ya no bebe. Un cigarro tal vez, tampoco fuma. Solo comer se permite y eso harà, buscarà un platillo emocional, algo que lo conecte al paseo familiar, al desayuno de domingo: al placer de tener a mamà y papà cercas, de saberse parte de una familia, aunque èsta estuviera desarticulada por la disfunciòn, segregada por los demàs... 

lo interrumpe un primer mensaje: telegrama digital nefasto, que no es con dolo, sino con cuidado y amor, pero a èl le molesta ¡Está en guerra consigo mismo, no con los demás! Trata de ignorar el mensaje, a quien lo manda, pero no puede, gana la compulsiòn, esa compulsiòn que marca todas sus conductas:  que dirigìa su manera de beber, su manera de pensar, su manera de vivir... contesta muy a su pesar, por educaciòn, pero èl quisiera no estar para nadie, menos para èl, sin embargo todos lo buscan. Llega una llamada, embarca otro mensaje, arriban los correos, otras notificaciones y el mòvil, ese minùsculo aparato hecho para mejorar nuestras vidas se convierte en un laminìculo del infierno, en un ergàstulo de molestias y peticiones por demàs insoportables en su estado desanimado... no de falto de ànimos, sino de falta de èsa ànima que vibra, que vive... Porque sin vida se siente.

sale sin rumbo fijo, desorientado, no hay por donde empezar el dìa, si la realidad es que ni despertar querìa pero la inercia del existir ya està aquì y no puede parar. camina a donde cree encontrar paz, pero solo se conecta con la nostalgia. Vuelve a caminar con sus papàs, vuelve a los mercados, vuelve al platillo emocional, a buscar calor, sabor, algo que alivie su atormentada alma. Beber no puede, aunque el estòmago hierva de ganas, y le grite por ello... añora ese calorcito aliviador que sentia cuando caìa el licor en el estòmago y en un segundo empezaba a desvanecer el infierno de la memoria, de los pensamientos rumiantes y de las situaciones que exigen ser funcional, del querer encañonarse y de un disparo borrar todo rastro de su historia, de sus vivencias, de su miseria existencial.

entra a una iglesia, se pierde en pensamientos tratando de articular un rezo, una sùplica... la gracia tal vez lo escuche...un grito desde el infierno...y parece que nadie lo escucha.

a marcha forzada trata de ser, de emprender, de volar, aunque un ala estè rota. con eso poco se conforma sin importarle porque quisiera más estar lejos que adentro...

un dia llegò una llamada. era milagrosa. una panacea a su mal. un rezo escuchado. Se burlaron de èl.
y ese Dios que le impusieron como unico remedio para pobres no lo escuchò...tambièn de èl se burlò...

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