Ir al contenido principal

Un encuentro conmigo

Necesito un refugio.
Un espacio donde huir un poco de la rutina, de las malas noticias, de diarios inoportunos remojados de veneno y de gente con más necesidad de tener razón que de fraternizar. Busco un descanso para mi hastío, un silencio para mis silencios y un paréntesis para mis obsesiones.

Un encuentro con mi "yo" olvidado, el que no escucho, por escuchar opiniones ajenas y prejuicios de pasillo; un retiro del ciudadano que soy y un acercamiento al animal puro y sin malicia que llevo en mis adentros. Anhelo un espacio de ceremonias de interior, de tés florales, libros viejos de palabras rebuscadas y comida ligera.

Noches de encuentros profundos con mis ancestros en los sueños, abrazarnos, recibir su sabiduría y Curar juntos el árbol que somos. Noches de escuchar el viento agitar las ramas en lugar de ulular de sirenas y claxones imprudentes de trasnochados en conflicto.

Despertares sin más agenda que pasear por el bosque para respirar el aire perfumado de suelo humedecido y pinos acariciados por las gotas de una neblina densa que abraza al bosque.
Que las píldoras para mejorar el ánimo a tomar sean: libros de Cortázar, vistas al verde infinito que se pierda en la serranía y café de olla con acento de canela para suavizar el alma apesumbrada de tanta ciudad.

Poder orar con los pies tocando el suelo que tiene polvo de estrellas, como mis huesos. Tomar agua con la frescura de las piedras que penetró y que me regalan parte de su alma que es más sabía que mi alma y que han viajado más que yo tal vez.

Necesito ser más yo, y menos habitante de una metrópoli...


Comentarios

Entradas populares de este blog

Crónica de un adiós frustrado.

Solo caminó durante la tormenta.  Desde lejos lo miraron todos en un silencio indiferente, grosero e insensible, era más fácil pasarlo por debajo de la lupa de su jodida escala de valores que preguntarle qué pasaba. Y al final sus "valores" de nada sirvieron para la lectura y comprensión de los hechos. Tuvo tiempo de irse de a poco sin que nadie lo notara. Se despidió, nadie lo entendió.  Pidió ayuda y nadie supo traducir en sus palabras catalogadas de intransigentes e "incapaces" lo que de fondo era una petición de auxilio. Sus ganas de no dar explicaciones  buscaban ser  escuchadas. No encontró a quién decirle nada. Todos estaban demasiado ocupados en su propia vacuidad. Platicó con faraones, pero fue muy pequeño para sus oídos y no entendieron de fondo su grito de súplica. 
Anterior a que todos se preguntaran: " pero ¿Por qué lo haría? ¿Qué pasaría por su mente?" lo ignoraron.
Pidió ayuda a la luna, ésta lo escuchó, pero no le contestó. La amagó, tamb…

Los sombreros viajan.

óleo sobre lienzo "el tejedor" derechos reservados a su autor.


Cuando yo era niño, allá por San Francisco del Rincón, mi abuela aún tejía la trenza. Era de las pocas personas que recuerdo que lo hacían. Entrecruzaba las palmas como tejer historias con sus dedos, mientras platicaba con Sanjuana, una señora que vivía enfrente de su banqueta y a un par de casas hacia la derecha. Juntas tejían, cantaban, se contaban chistes, se peleaban y se contentaban en un mismo episodio. Sus manos creaban a partir de palmas secas e hirsutas sombreros que sabrá Dios hasta dónde irían a parar. Siempre me pregunté de manera interna: ¿Hasta dónde viajarán los sombreros?
Un señor me dijo que pueden ir a todo el mundo. Ya lo he constatado.

Los sombreros francorrinconses van por el mundo recogiendo muchos soles, bañándose en otras lluvias, sorteando otros vientos; aunque su creador esté sentado en la plaza comiéndose una paleta de cajeta.
Los sombreros guardan almas. Es posible decir: "ése sombrer…

Mal vendiò su libertad

Ella amaba los vientos, volar por encima de la montaña,
planear por los valles.
pero el colectivo de la media, sin aspiraciones superiores màs allà que reproducirse
como palomas, con miedo hasta de volar sin parvadas, se encargó de que mal entendiera
su libertad. No la soportaban volando sola por los cielos. La querìan enjaulada y sometida.
Y decidieron hacerle creer que estaba sola, que tenìa que tener crìas y someterse a ellas.

Ella solo querìa amar a los vientos con suma libertad.

Y terminò por mal vender su soledad por un plato de algo que le hicieron creer que era cariño;
y que no era màs que desperdicios, una pantomima fútil; una copia mala y aberrante del màs
alto de los sentimientos humanos... y no esa idealizaciòn televisiva que el colectivo impone como modelo de amor aceptado por los viejos de la tribu.

Hoy ya no vuela. De hecho, odia los vientos.

Lograron su cometido. Ahora ya no sabe volar.