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Otro despertar.

La luz del día se filtraba por el espacio que dejaban esas improvisadas cortinas de sábanas desechadas del hotel Mónaco y unos retazos de tela negra que compré en una tienda de telas del centro.

Un vacío entre mi abultado abdomen y mi pecho, tan notorio, sentimentalmente hablando, como el hueco de una dona, le contestaba a mi interna e instintiva pregunta de ¿Dónde estoy? que había vuelto a despertar, y que si, estaba en mi refugio (como llamaba yo a esa vieja casa de alquiler en el sector reforma de Guadalajara).

Los cuatros jinetes del apocalipsis convertidos en frustración, desesperación, aturdimiento, terror se aparecían allá por el interior de mi pecho ligeramente visitado por vello. El infierno seguía allí.

Una imagen de la Santa muerte, en ese entonces la única conexión que me permitía con lo espiritual, era testigo de mi incorporación hacia esa botella transparente de etiqueta azul de ginebra, y yo sentía como me observaba silente y con un dejo de misericordia desde esas profundas cuencas cómo le daba un trago directo, de manera casi suplicante para anestesiar ese malestar que se detonaba casi a la par de abrir los ojos.

Tras vagar entre recuerdos, pensamientos sin razón, y una queja por tener que ir a trabajar, me ponía de pie, trastabillaba hacia el baño a mojarme la cara, tratando de huir a ese maltratado rostro frustrado que me cargaba para salir al hospital donde atendía enfermos que me arrancaban 12 o hasta 20 horas de esa miserable existencia donde no me sentía parte de nada.

Me encomendaba a mi querida niña blanca, le sobaba y besaba su cráneo envuelto en un manto rojo y salía a tratar otra vez de encontrar un lugar en esta sociedad.

El camino era distante de mi refugio a ese encumbrado hospital en el otro extremo de la metrópoli, camino que prefería ignorar hundido en la música de mi reproductor portátil, mientras una bandada de sueños rotos, ilusiones de chamaco pobre que ya creció, y proyectos de un idealista en bancarrota, como yo,  se proyectaban como presentación de ventas en mi cabeza.

En el hospital, me transformaba un poco. Llegaba saludando como presidente municipal; bromeaba y me permitía ser feliz por apariencia, aunque por dentro estuviera latente ese sentimiento de insatisfacción, hastío y sin sentido por tener que entregarme a una faena diaria, a ser un número más. A permitir que la institución tomara decisiones para mi vida sin consultarme siquiera.

Continuará.

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