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Gonzalo.






Bastaba un saludo, y Gonzalo sonriendo te recibía, su"¿Cómo estás?" era de verdad, su apretón de manos sincero, de esos que te recargan de energía en un momento. Se interesaba por tu diario vivir: platicaba lo que él vivía en su jornada como profesor. Un hombre de una sola pieza, culto y cordial. en sus pláticas te daba un consejo, una moraleja. Siempre instruía, iluminaba sin aires de intelectualidad ni de arrogancia Hacía sonreír, no se quejaba de su vida; al menos conmigo jamás lo hizo. su charla era amena. Te dejaba una huella imborrable para la vida. Me conocía el aura por el simple andar, sabía de qué pata cojeaba mi alma en ese momento.

Amenas charlas de café, desternillados de risa pasamos algunas tardes allá por 2010. Una vez le pregunté que si él alguna vez se había sentido solo, a pesar de tener esposa e hijos y él me respondió: "No, la soledad es un lujo que no puedo darme si muchos me han ayudado a no tropezar, o de morir aplastado en la avenida, siempre hay quien esté cercas de mi". De momento no entendí su respuesta, pese a ser muy simple. Rumiando a los días entendí que cada día debo de salir de mi al encuentro de los demás.

Me enseñó a afeitar mi dispareja barba con navaja sin cortarme, un viernes de otoño de 2010.

Gonzalo era invidente, y un gran amigo.

Ayer falleció.


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Los sombreros viajan.

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Mal vendiò su libertad

Ella amaba los vientos, volar por encima de la montaña,
planear por los valles.
pero el colectivo de la media, sin aspiraciones superiores màs allà que reproducirse
como palomas, con miedo hasta de volar sin parvadas, se encargó de que mal entendiera
su libertad. No la soportaban volando sola por los cielos. La querìan enjaulada y sometida.
Y decidieron hacerle creer que estaba sola, que tenìa que tener crìas y someterse a ellas.

Ella solo querìa amar a los vientos con suma libertad.

Y terminò por mal vender su soledad por un plato de algo que le hicieron creer que era cariño;
y que no era màs que desperdicios, una pantomima fútil; una copia mala y aberrante del màs
alto de los sentimientos humanos... y no esa idealizaciòn televisiva que el colectivo impone como modelo de amor aceptado por los viejos de la tribu.

Hoy ya no vuela. De hecho, odia los vientos.

Lograron su cometido. Ahora ya no sabe volar.