Ir al contenido principal

A ti.


Y allí ibas... desolada, llena de dudas;
con un miedo soez que corroía tu alma y tus entrañas.
Otra en tu lugar estaría paralizada, descompuesta, pero ¡Tú no! ALMA DE ACERO,
puntal que a muchos estructuraba...y pese a tu catarsis funcionabas.

Hoy extraño tu fortaleza, y ésta se me anuda en la garganta cuando te derramo
por los ojos humedeciendo los recuerdos.
Todavía escucho tus palabras abundantes de serenidad,
sobreponiéndose el drama propio. Recuerdo tu mirada serena, tu paciencia inusual que me contagiaba de esperanza. Tu voz que muchas veces me hizo sentir tu solidaridad, ante todo: Tu lealtad.

Aquellos días de tu abatimiento, el panorama ennegreció.
Se puso el sol para nosotros. Nos llenamos de dudas, y de dolor.
Aguijones emponzoñados de malas noticias se dejaron venir, uno tras otro.
Parecían no tener fin las malas noticias.

A Dios, nunca lo vi por allí. Seguramente estaba. Yo no lo vi.
Nos aferrábamos a ti, nos negábamos a la peor de las posibilidades,
según nuestra flaqueza humana. Pero entendimos, lo mejor era dejarte ir.

Y te marchaste. Pero te quedaste en la mirada de tus hijos. 
En la tristeza que a todos nos quedó tras lo intempestivo del suceso,
o tal vez, por no decir o hacer lo que nunca se nos ocurrió hasta que te vimos partir.

Tu recuerdo está tan metido en mi alma, y se ha impreso como un tatuaje.
Agradezco de verdad a la vida por habernos encontrado en el camino, a ambos,
nos envolvía una tormenta que en algún punto hizo que entendiéramos 
el idioma de nuestras vidas y nos apoyáramos con suma lealtad.

Despreocúpate, todo lo que alguna vez me contaste, lo atesoro.
Nadie lo escuchará. No es preciso. Siempre los llevaré conmigo,
como ese café y esa tarde de otoño con cielo abigarrado en Guadalajara.
En donde estés: Te extraño mucho. Tanto como los tuyos.

Toda mi vida te estaré agradecido porque me ayudaste a soltar amarras en el puerto.
Porque me encaminaste a mar abierto, y aunque te bajaste del barco...
me enseñaste mucho, me regalaste tanto.
Gracias por permitirme ser tu amigo. Darte empleo, y ayudarte a llevar pan a tu casa;
como tú ayudaste a que en la mía no faltara. De verdad, desde el alma, te agradezco
todo lo que hiciste por mi carrera y por mi cuando volvió el salteador rapaz.
Gracias por enseñarme a confiar, y a esperar a pesar de que el tiempo no perdona. 
Honraré tu alma, en el alma de tus hijos.
Gracias por tanto, Mary.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Crónica de un adiós frustrado.

Solo caminó durante la tormenta.  Desde lejos lo miraron todos en un silencio indiferente, grosero e insensible, era más fácil pasarlo por debajo de la lupa de su jodida escala de valores que preguntarle qué pasaba. Y al final sus "valores" de nada sirvieron para la lectura y comprensión de los hechos. Tuvo tiempo de irse de a poco sin que nadie lo notara. Se despidió, nadie lo entendió.  Pidió ayuda y nadie supo traducir en sus palabras catalogadas de intransigentes e "incapaces" lo que de fondo era una petición de auxilio. Sus ganas de no dar explicaciones  buscaban ser  escuchadas. No encontró a quién decirle nada. Todos estaban demasiado ocupados en su propia vacuidad. Platicó con faraones, pero fue muy pequeño para sus oídos y no entendieron de fondo su grito de súplica. 
Anterior a que todos se preguntaran: " pero ¿Por qué lo haría? ¿Qué pasaría por su mente?" lo ignoraron.
Pidió ayuda a la luna, ésta lo escuchó, pero no le contestó. La amagó, tamb…

Los sombreros viajan.

óleo sobre lienzo "el tejedor" derechos reservados a su autor.


Cuando yo era niño, allá por San Francisco del Rincón, mi abuela aún tejía la trenza. Era de las pocas personas que recuerdo que lo hacían. Entrecruzaba las palmas como tejer historias con sus dedos, mientras platicaba con Sanjuana, una señora que vivía enfrente de su banqueta y a un par de casas hacia la derecha. Juntas tejían, cantaban, se contaban chistes, se peleaban y se contentaban en un mismo episodio. Sus manos creaban a partir de palmas secas e hirsutas sombreros que sabrá Dios hasta dónde irían a parar. Siempre me pregunté de manera interna: ¿Hasta dónde viajarán los sombreros?
Un señor me dijo que pueden ir a todo el mundo. Ya lo he constatado.

Los sombreros francorrinconses van por el mundo recogiendo muchos soles, bañándose en otras lluvias, sorteando otros vientos; aunque su creador esté sentado en la plaza comiéndose una paleta de cajeta.
Los sombreros guardan almas. Es posible decir: "ése sombrer…

Mal vendiò su libertad

Ella amaba los vientos, volar por encima de la montaña,
planear por los valles.
pero el colectivo de la media, sin aspiraciones superiores màs allà que reproducirse
como palomas, con miedo hasta de volar sin parvadas, se encargó de que mal entendiera
su libertad. No la soportaban volando sola por los cielos. La querìan enjaulada y sometida.
Y decidieron hacerle creer que estaba sola, que tenìa que tener crìas y someterse a ellas.

Ella solo querìa amar a los vientos con suma libertad.

Y terminò por mal vender su soledad por un plato de algo que le hicieron creer que era cariño;
y que no era màs que desperdicios, una pantomima fútil; una copia mala y aberrante del màs
alto de los sentimientos humanos... y no esa idealizaciòn televisiva que el colectivo impone como modelo de amor aceptado por los viejos de la tribu.

Hoy ya no vuela. De hecho, odia los vientos.

Lograron su cometido. Ahora ya no sabe volar.